San Vicente de Paúl

Presbítero, fundador de la Congregación

De la Misión y de las Hijas de la Caridad

El embajador de los pobres, el padre de los pobres, el siervo de los pobres, el apóstol de la caridad, el paladín de la caridad, el genio de la caridad, un constructor de la iglesia moderna, el gran santo…, son algunos de los títulos que distintos biógrafos han dado a Vicente de Paúl en el afán de condensar en una sola frase la vida polifacética del santo fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad. Todas ellas aciertan en cierta medida, pero ninguna consigue expresarlo en su totalidad.

  1. UNA INFANCIA CAMPESINA

Según confesaba él mismo: “Yo soy hijo de un pobre labrador y he vivido en el campo hasta la edad de quince años”.

Vicente de Paul era de origen campesino y pobre, dos términos que en la Francia del siglo XVII, en que le tocó vivir eran sinónimos. Había nacido a fines del XVI, el martes de Pascua de 1581 o 1580, según distintos cálculos en Pouy, un pueblecito del Sur de Francia vecino a Dax, en el seno de una modesta familia de campesinos libres. Su infancia había trascurrido en los pantanosos campos de las Landas, dedicado, como tantos muchachos de su condición, al cuidado del ganado familiar: una docenas de ovejas y una pequeña piara de cerdos. Él lo recordará muchas veces para rebajarse de los importantes personajes con los que codearía a lo largo de su vida.

Según su primer biógrafo, el muchacho dio pronto muestras de una singular piedad, de un agudo sentidos de la caridad cristiana y de una viva inteligencia. Su padre, buen observador, decidió que había que darle carrera. Ahora bien, carrera, en el cerrado horizonte de la sociedad estamental en que crecía Vicente, significaba hacerse sacerdote.

Con esa intención, y aconsejado por el juez de la localidad, el señor Comet, lo llevó un buen día al colegio de los franciscanos de Dax. El juez Comet, prendado de las buenas cualidades del muchacho, decidió protegerlo y empezó por hacerlo preceptor o ayo de sus propios hijos. El joven Vicente se acomodó pronto al nuevo ambiente. Tanto que, a poco, se avergonzaba de su padre, porque iba mal vestido y era un poco cojo.

Del colegio de los franciscanos, Vicente pasó a la universidad, o mejor a las universidades, pues estudió una temporada en la Zaragoza y luego en la de Toulouse. Para ellos, su padre tuvo que vender un par de bueyes y en su testamento, fechado el 7 de febrero de 1598, lo dejó mejorado en la herencia. Dos años más tarde, el 23 de septiembre de 1600, Vicente recibía la ordenación sacerdotal. Rápida carrera. Tanto más si se tiene en cuenta que Vicente tenía entonces sólo veinte años. Actuaba, pues, contra las prescripciones de Trento, que exigían los veinticuatro años cumplidos para la recepción de sacerdocio. Pero Trento no estaba aún promulgado en Francia, ni lo estaría hasta 1614. Por la demás, las ordenaciones prematuras eran el pan de cada día en la Francia del cambio de siglo.

  • DESVENTURAS JUVENILES

EN CONTRASTE CON LA RELATIVA APACIBILIDAD DE SU INFANCIA Y ADOLESCENCIA, LA JUVENTUD QUE Vicente inauguraba entonces iba a ser movida, casi tumultuosa. Inmediatamente después de su ordenación, Vicente intento hacer valer su título sacerdotal para optar a una parroquia. El vicario general de Dax le asignó la de Tilh, cercana a su Pouy natal. Pero resultó que la parroquia tenía otro titular, que la había conseguido directamente de Roma. Tal vez para sostener sus derechos y acaso también para ganar el jubileo del fin de siglo, Vicente realizó su primer viaje largo, que le llevó hasta Roma. No consiguió la parroquia, pero, en cambio, se conmovió hasta las lágrimas pisando las huellas de los mártires en las arenas del Coliseo. Es una de las pocas anécdotas edificantes que Vicente cuenta de sí mismo.

A la vuelta de Roma, después de este primer fracaso, Vicente continúo cuatro años estudiando en Toulouse. Seguía bajo la protección del señor de Comet, pero, al mismo tiempo, se ayudaba dando clases particulares, parta lo cual montó un pequeño pensionado en la localidad de Buzet-sur-Tarn, cercana a Toulouse. En 1604, a los veinticuatros años, decidió dar por terminada su carrera universitaria. La coronó con un triple certificado: el que le acreditaba siete años de estudios, el de bachiller en teología, y el que le autorizaba a explicar el segundo Libro de las Sentencias, de Pedro Lombardo.

Y entonces sobrevino lo inesperado, uno de esos sucesos imprevistos que cambian el curso de una vida. Al regreso de un viaje a Marsella, adonde había ido persiguiendo una herencia, el barco en que viajaba hacia Narbona fue asaltado por tres bergantines berberiscos. Vicente, herido en una pierna, fue hecho prisionero con el resto de la tripulación, llevado a Túnez y vendido allí como esclavo. Pasó por varios amos. El cuarto era un renegado de Niza, que lo llevó al interior del país para cultivar sus tierras. Allí iba a encontrar Vicente el camino de su liberación. Una de las mujeres del renegado, musulmana de nacimiento, gustaba de ir al campo donde Vicente trabajaba. Un día le invitó a cantar. Vicente entonó con nostalgia y sentimiento el salmo de la cautividad: Junto a los ríos de Babilonia…, y luego, con esperanza y devoción, la Salve Regina. La mujer quedó impresionada de aquellos acentos y por la noche dijo a su marido que había hecho mal en dejar una religión tan bella. El renegado sintió renacer en él, acaso no la había perdido nunca, la vieja fe de su juventud. El caso es que, puesto al habla con Vicente, le prometió que en poco tiempo encontraría el medio de encaparse juntos a Francia. Pasaron diez meses. Por fin, en el verano de 1607, a bordo de un pequeño esquife, amo y criado emprendieron a escondidas la azarosa travesía del Mediterráneo. El 28 de junio lograban arribar a Aguas Muertas. Desde allí se trasladaron a Aviñón, donde el vicelegado Pedro Montorio acogió públicamente al renegado con lágrimas en los ojos y sollozos en la garganta. A Vicente lo incorporó a su sequito y se lo llevó consigo a Roma.

Esta historia de la cautividad la contó el propio Vicente en dos cartas dirigidas desde Avañón y Roma a su protector, el señor de Comet. A pesar de ello, a principios del siglo XX y durante una larga época, ciertos críticos negaron la veracidad del relato. Pero los más recientes estudios de crítica interna de los documentos la reivindican con plena seguridad: todo induce a pensar que la cautividad tunecina de San Vicente es un hecho histórico.

Pero no habían terminado las desventuras de Vicente. En Roma, monseñor Montorio lo mantuvo durante meses con vanas promesas. Cansado de esperar, Vicente regresó a su país probablemente a principios de 1609 y se instaló en París con el propósito de gestionar la adquisición de algún beneficio eclesiástico que le permitiera ser provechoso para su familia. Nunca volvería a salir de Francia. Sus años de peregrinación habían terminado.

  • LOS CAMINOS DE UNA VOCACIÓN

No habían terminado en cambio sus años de aprendizaje y además, en sentido espiritual, le quedaba mucho camino por recorrer. En realidad, a los treinta años, Vicente se encontraba aun desorientado. Hasta entonces, que sepamos, la única mera que se había propuesto era la de alcanzar una buena colocación y ésta se le resistía. Al parecer, no entraban en su horizonte metas espirituales. Algunos biógrafos han exagerado este aspecto hasta suponer al joven Vicente una especie de gran pecador, que ninguno de los documentos que poseemos sustenta con solidez. Era, simplemente, uno de tantos sacerdotes que aspiraba a ganarse honradamente la vida mediante el ejercicio de su ministerio. París iba a darle la ocasión de cambiar de rumbo o, si se quiere, de convertirse.

De momento, encontró un empleo en el palacio de la ex reina Margarita de Valois, la esposa repudiada de Enrique IV. Era uno de los muchos capellanes de pululaban en aquella pintoresca corte. Empleo modesto, pero empleo al fin. A Vicente le permitió disponer de una base de sustento y empezar a pensar en la orientación de su vida. Una serie de acontecimientos providenciales le ayudaron a ello.

Un primer episodio, bastante desagradable, fue la acusación de haberle robado su dinero, que lanzó contra él su paisano y compañero de hospedaje, el juez de Sore. En realidad, el ladrón había sido el mancebo de la botica. Vicente, imitando el silencio del Señor en su pasión, no se defendió. Se limitó a decir: Dios sabe la verdad. Había empezado, sin duda, a caminar por las sendas de la perfección. Solo seis meses más tarde, descubierta casualmente la verdad, el juez pidió perdón de su ligereza en propalar las acusaciones.

Para entonces, Vicente había entrado en contacto con uno de los grupos reformadores más fervorosos de la capital: el capitaneado por madame Acarie y su sobrino Pierre de Bérrulle.

Bérulle andaba ocupado en las gestiones para la fundación del Oratorio, que se realizó el 11 de noviembre de 1611. Bérulle actuó con Vicente al modo de maestro de novicios y, a la vez, agente de colocación. Vicente recibió la influencia de aquella fuerte personalidad que, precisamente, hacía del sacerdocio la preocupación central de la vida espiritual. Era lo que necesitaba Vicente: salir de su visión del sacerdocio como oficio y considerarlo como vida. Al mismo tiempo, sin que descubramos en ello ninguna orientación externa, empezó a preocuparse de los pobres, visitando con frecuencia el hospital de la caridad, fundado por la propia reina Margarita.

Poco después, por contagio de un doctor de la corte con quien sostenía trato frecuente, sufrió una prueba más dura. De pronto se vio asaltado por grandes dudas contra la fe. Éstas llegaron a ser tan vehementes que no podía ni recitar el Credo. Se cosió el símbolo en el forro de la sotana y convino con Dios en que cada vez que se tocara el pecho, profesaba y admitía todas las verdades de la fe. La prueba duró seis interminables años. Se vio libre de ella el día en que tomó la firme resolución de dedicar el resto de su vida al servicio de los pobres por amor a Jesucristo.

En 1612 Bérulle le proporcionó una parroquia de la periferia parisiense: Clichy sur Garonne. Vicente veía al fin cumplido su ensueño. Pero había cambiado mucho. Se entregó al ejercicio de la cura pastoral en cuerpo y al alma. Predicaba con entusiasmo, enseñaba el catecismo, restauraba el templo, socorría a los pobres, practicaba con toda exactitud las ceremonias litúrgicas, cantaba vísperas con sus feligreses y hasta estableció una especie de seminario para aspirantes al sacerdocio. Entre ellos descubrió al que había de ser el más fiel compañero de su vida, un joven de veinte años llamado Antonio Portail.

Pero estuvo poco tiempo en Clichy. Una gran familia de la nobleza, los Gondi, a la que pertenecían el obispo de París y el general de las Galeras de Francia, Felipe Manuel de Gondi, necesitaba un capellán. Bérulle pensó en Vicente y lo envió a aquella casa como capellán, director espiritual de la señora, margarita de Silly, y preceptor de sus hijos. Vicente entró en el castillo de la poderosa familia dispuesto a cumplir sus deberes lo mejor posible. Sólo que, sin que él lo sospechara, era allí donde le iba a ser revelada su vocación definitiva.

  • LLEVAR EL EVANGELIO A LOS POBRES

Un día de enero de 1617 se encontraba Vicente acompañando a la señora de Gondi, en el castillo de Folleville, por tierras de Picardía. Desde la cercana localidad de Gannes llegó el aviso de que un campesino moribundo quería ver al señor Vicente. Éste acudió inmediatamente a la cabecera del enfermo y le animó a que hiciese confesión general de toda su vida. Aquel hombre tenía fama de honrado y virtuoso. Pero en su conciencia ocultaba pecados que nunca había confesado. Ahora los declaró todos. Vicente tuvo el sentimiento de que, en un último momento de gracia, arrancaba un alma de las garras del maligno. El campesino sintió lo mismo. De no haber sido por aquella confesión general, se hubiera condenado eternamente. Le invadió un gozo incontenible. Hizo entrar en la pobre estancia a su familia, a sus vecinos, a la misma señora de Gondi y confesó públicamente pecados que antes no había osado revelar en secreto. Daba gracias a Dios, que le había salvado por medio de aquella confesión general. La señora de Gondi se estremeció de terror: “Señor Vicente ¿qué es lo que acabamos de oír? Si este hombre, que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás, que viven tan mal? ¡Ay, señor Vicente, cuántas almas se pierden! ¡Qué remedio podemos poner? “

De común acuerdo, Vicente y la señora encontraron uno. La semana siguiente Vicente predicaría en la iglesia de Folleville un sermón sobre la confesión general y la manera de hacerla bien. Se escogió para ello el miércoles 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. Vicente habló con claridad fuerza. Instruyó, conmovió, arrastró. “Dios bendijo mis palabras”, dice él sobriamente. La gente acudió en masa a confesarse. Vicente y el sacerdote que lo acompañaba no daban abasto. Hubo que pedir ayuda a los jesuitas de Amiens, de lo que se encargó la señora. Aun así se vieron desbordados por la afluencia de penitentes. En los días siguientes repitieron la predicación y las exhortaciones en las aldeas vecinas, siempre con el mismo éxito clamoroso. Fue una revelación. Vicente sintió que aquélla era su misión, aquélla era para él la obra de Dios: llevar el Evangelio al pobre pueblo campesino.

En los meses siguientes, Vicente se entregó con ardor a la tarea de predicar misiones. Pero le disgustaba tener que dedicar tanto tiempo a las confesiones de la señora y a la instrucción de sus hijos. Secretamente le pidió a Bérulle que le liberase de aquella servidumbre. Bérulle le buscó otro empleo. Le envió de párroco a un pueblecito de la diócesis de Lyon, Châtillon-les-Dombes. Sin despedirse de los Gondi, Vicente se trasladó a su nueva parroquia. Reemprendió los trabajos que había desempeñado en Clichy y, en poco tiempo, logró transformar en fervorosa una feligresía mediocre y tibia. Estando en ellos, tuvo la segunda gran revelación.

  • LA MISION Y LA CARIDAD ORGANIZADA

Un domingo de agosto, mientras se revestía para la misa, le avisaron de que en las afueras del pueblo, una pobre familia se encontraba en estado de extrema necesidad. Vicente aprovechó la homilía para exponer a los fieles la situación. Su compasión fue contagiosa o, como él diría, “Dios tocó el corazón” de los oyentes. Por la tarde, cuando él se dirigía a visitar a aquella familia, fue encontrado por el camino, con sorpresa suya, multitud de personas que iban o venia del mismo caritativo cometido. Vicente administró los sacramentos a los más graves. Vio también la gran cantidad de socorros que los feligreses habían aportado. Aquel espectáculo despertó sus reflexiones. “Esta caridad no está bien ordenada”, pensó. Era necesario organizarla.

Tres días más tarde, Vicente reunió a un grupo de piadosas señoras y las animó a crear una asociación para asistir a los pobres enfermos de la villa. Las damas se comprometieron a empezar la buena obra la día siguiente, realizando el servicio cada día una, por orden de inscripción. Vicente redactó un reglamento, lo hizo aprobar por el vicario general de la diócesis y erigió formalmente la cofradía el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada. Había nacido la primera asociación de caridad.

Así fue como Vicente descubrió en la doble experiencia de 1617 las dos indigencias que aquejaban a los pobres: el hambre y la falta de instrucción religiosa, con sus dos gravísimas secuelas: la muerte física y la condenación eterna. Él lo resumiría más tarde en una frase lapidaria: “Los pobres se mueren de hambre y se condenan”. Pero al mismo tiempo descubrió los dos grandes remedios con que había de hacer frente a ambos males: la misión y la caridad, los dos cauces de su vocación.

La señora de Gondi no estaba dispuesta a privarse de su capellán. Puso en juego todas sus influencias, incluida la de Bérulle, para hacerle regresar a su casa. Así tuvo que hacerlo Vicente en la Navidad de aquel mismo año, 1617. Pero lo hizo con una doble condición: que le dieran un ayudante en el cargo de preceptor de los pequeños Gondi y que se le permitiera dedicar su tiempo libre a la predicación de misiones por las aldeas. Poco después entró en contacto con otra gran personalidad que influiría notablemente en su pensamiento, el obispo de Ginebra, San Francisco de Sales (24 de enero), que, llegado a París con una misión diplomática, se hospedó en la casa de los Gondi. Vicente le trató asiduamente y el fundador de la Visitación, a su marcha de la capital, confió la dirección del primer monasterio de París a aquel desconocido sacerdote, que, a sus ojos, empezaba ya a ser un santo.

  • LAS DOS GRANDES FUNDACIONES

Los años que van desde 1617 a 1633 están ocupados en la vida de Vicente por una gran actividad fundacional. Ante todo, la Congregación de la Misión, o como él decía simplemente, la Misión.

Entre 1618 y 1625, Vicente misionó todas las tierras de los Gondi, marido y mujer: un total de 30 a 40 núcleos de población, y en todos ellos fundó la Cofradía de la Caridad. En sus correrías misioneras, se dio cuenta de que necesitaba ayudantes. La señora de Gondi quería hacer de las misiones una fundación permanente. Pero las gestiones para que se hiciera cargo de ella alguna de las órdenes o congregaciones existentes jesuitas, oratorianos resultaron infructuosas. Entonces sugirió a Vicente que fundase él una nueva. La idea, que acaso acariciaba ya el propio Vicente, se abrió paso en su espíritu poco a poco. Al fin, el 25 de abril de 1625 se firmaba un contrato entre los señores Gondi y Vicente de Paúl. Los primeros ponían a disposición de Vicente un capital inicial de 45,000 libras. Vicente, por su parte, se comprometía a reunir un grupo de sacerdotes que se dedicaran por entero a misionar cada cinco años los pueblos y aldeas de los Gondi, sin permitirse predicar ni confesar en las grandes ciudades.

El pequeño grupo de misioneros estaba formado por cuatro sacerdotes, de los cuales el primero era el fiel Antonio Portail. El arzobispo de París, un Gondi, les cedió para residencia un antiguo colegio universitario de la Sorbona, el de Bons Enfants, del que Vicente fue nombrado principal, haciendo valer para ellos su flamante título de licenciado en Derecho Canónico. Allí, residieron hasta que, en 1632, la naciente congregación adquirió, por donación de su titular, el viejo y espaciosos priorato de San Lázaro, a las puertas de París.

Y empezaron a misionar. Fueron los años heroicos. Los misioneros, dos, tres o cuatro sacerdotes, iban de aldea en aldea, dejando a un vecino la llave de su residencia. Apenas llegados al lugar y descargado el ligero equipaje, empezaban unas jornadas de intensa predicación. Cada misión era como una nueva fundación del cristianismo. Según el tamaño de la población, el trabajo podía prolongarse hasta cinco o seis semanas e incluso dos meses. Nunca bajaba de quince días ni siquiera en las más pequeñas aldeas. El horario se acomodaba al ritmo laboral. Por la mañana temprano, el sermón sobre las grandes verdades, las virtudes y los pecados más ordinarios. A la una de la tarde, el catecismo de los niños. Al anochecer, finalizado el trabajo del campo, el gran catecismo, en el que se explicaban a los adultos los artículos del credo, la oración dominical, los mandamientos de Dios y de la Iglesia, los sacramentos y el avemaría.

Pero no se trataba de un cursillo meramente teórico. La exposición de las verdades – misión catequética- iba acompañada de enérgicas exhortaciones al cambio de vida. Conforme a las recomendaciones de Trento y la experiencia personal de Vicente. “ésa es mi fe y mi experiencia”, la misión culminaba con la confesión general y se clausuraba con una bonita fiesta eucarística. Era un cursillo intenso de cristianismo en que todos habían participado. El pueblo, tanto tiempo descuidado, descubría como una novedad el tesoro de su fe adormecida. Para coronar su obra, las misiones terminaban invariablemente con la fundación de la cofradía establecida por primera vez en Châtillon.

Vicente se preocupó en seguida de obtener para su congregación la aprobación de la santa Sede. Tras laboriosas gestiones, el papa Urbano VIII por la bula Salvatoris nostri, de 12 de enero de 1633 aprobaba la Congregación de la Misión.

En los primeros años, la congregación se dedicó exclusivamente a la predicación de misiones, pero muy pronto la providencia le deparó otro campo de apostolado: la reforma del clero. En 1628, el obispo de Beauvais, Agustín Potier, habló a Vicente de la necesidad de instruir pastoral y espiritualmente a los jóvenes aspirantes al sacerdocio. “Ese pensamiento viene de Dios”, exclamó Vicente, que sabía por experiencia que el abandono religioso del pueblo se debía a la falta de preparación de los pastores. Aceptó con entusiasmo el encargo de dirigir la próxima ordenación sacerdotal. Así nacieron los Ejercicios a ordenandos, organizados por Vicente a manera de cursillo intensivo de formación espiritual y ministerial. La obra se extendió pronto a otras diócesis y, en particular, a la de parís. De ella nacería en 1633 otra institución Vicenciana, las Conferencias de los martes, asociación de eclesiásticos que se comprometían a reunirse una vez por semana para estudiar algunos puntos de moral o liturgia y meditar sobre los deberes sacerdotales.

Entretanto, Vicente no descuidaba el segundo aspecto de su vocación, la caridad corporal. Las misiones habían difundido, por una gran parte de Francia, la cofradía fundada en Châtillon. Muchas parroquias de París la habían establecido. Pero surgió un problema. Las damas de la capital se resistían a ejercer personalmente los humildes oficios exigidos por la asociación, sobre toso el de llevar comida y cuidar a los enfermos en sus domicilios. Vicente concibió entonces un nuevo proyecto, una comunidad de mujeres que se dedicaran exclusivamente a esos menesteres. La estrecha relación que desde 1624 sostenía con una de las Damas de la Caridad, Luisa de Marillac (15 de marzo), viuda de Antonio Le Gras, y el encuentro casual con una candorosa muchachita campesina, Margarita Naseau, deseosa de servir a los pobres, le proporcionaron los medios para llevarlo a cabo. Puso a la joven y a otras, que poco a poco se le fueron juntando, bajo la dirección de la señora Le Gras y en el domicilio de ésta se formó el 29 de noviembre de 1633 la Compañía de las Hijas de la Caridad.

De este modo, en 1633, Vicente había puesto en pie todas las instituciones, mediante las cuales iba a poder acometer en su larga y fecunda vida sus grandes realizaciones.

  • IMPORTANTES REALIZACIONES

Para poner algún orden en las empresas llevado a cabo por Vicente en los largos años de su actuación, se suele distinguir entre empresas apostólicas, empresas caritativas y empresas eclesiales. Distinción puramente metodológica, porque, para él, la misión era caridad y la caridad era misión, ya ambas juntas no eran sino las dos armas con que llevar a cabo la reforma de la Iglesia francesa para ponerla en línea con los ideales de Concilio de Trento.

Evidentemente, el primer lugar lo ocuparon las misiones. La Congregación de la Misión, que había nacido para ellas, se propagó con razonable rapidez y pronto estuvo en casi todas las regiones de Francia y en Italia, Polonia e Irlanda.

Todas las fundaciones tenían como primer compromiso predicarlas en las diócesis donde se establecían. Y en todas se seguían los métodos experimentados por Vicente. Se elaboró incluso el sistema a que debían atenerse los predicadores. Vicente lo llamaba “el metodito”. Éste exigía, de una parte, un lenguaje sencillo, comprensible para el pueblo llano, y, de otra, un esquema claro y eficaz que llevaba a los oyentes a reflexionar sobre los motivos, exigencias y medios de practicar los preceptos que se predicaban. Entre 1625 y 1660, desde las dos casas de París, Bons Enfants y San Lázaro, se predicaron 840 misiones. En mucha de ellas participó personalmente Vicente. Todavía en 1653, a sus setenta y tres a los de edad, dio las de Rueil y Sévran. Fueron muchísimas más: en Picardía, Lorena, el Delfinado, Turena. Génova, Roma, Cerdeña; donde hasta los bandidos se convertían, Polonia, Irlanda…

Complemento de las misiones fue la formación del clero. Los ejercicios a ordenandos se implantaron también en todas las fundaciones de la congregación. En Roma, el papa impuso que todos los candidatos de su diócesis los practicaran en la casa de los misioneros antes de ordenarse. Luego evolucionaron hasta convertirse en verdaderos seminarios. Las conferencias de eclesiásticos se establecieron incluso en muchas diócesis donde no estaba presente la congregación. Las de París eran siempre presididas por Vicente: “Él era el alma de la piadosa asamblea”, declararía Bossuet, que asistió a ellas.

El celo de Vicente no se limitó a reavivar la fe de las viejas cristiandades europeas. Pronto estuvo en disposición de enviar misioneros a países infieles. Primero a Berbería, Túnez y Argel no propiamente a evangelizar a los musulmanes, sino para prodigar cuidados y atenciones a los cristianos cautivos. Luego a tierras de paganos. El territorio que se le confió fue la isla de Madagascar. La misión resultó una empresa casi imposible por las dificultades de los viajes, la hostilidad de los colonos y la implacable mortandad que fue aniquilando uno tras otro a todos los misioneros. “Alabado sea Dios por la vida y por la muerte”, fue su reacción ante tanto desastre.

  • LAS HIJAS DE LA CARIDAD

Además de hacerla personalmente, la cridad corporal fue ejercitada por Vicente a través de sus dos congregaciones y de varias asociaciones seglares. Las Hijas de la Caridad, como vimos, surgieron originalmente para atender a los pobres en sus domicilios. Al fundar la comunidad, Vicente tuvo sumo cuidado en proclamar que no eran religiosas, a fin de evitar el peligro, muy real, de que, si se declaraban tales, fueran obligadas a la clausura, con lo que se desvanecería toda posibilidad de asistencia caritativa.

Al principio, las comunidades de Hijas de la caridad eran pequeños equipos parroquiales, compuestos por dos o tres hermanas que tomaban a su cargo el servicio de los pobres enfermos de la feligresía y la enseñanza de las niñas. Era lo que se llamaba les “petites écoles”.

Poco a poco, la institución fue ampliando sus campos de acción. Uno de ellos fue el de los niños expósitos, verdadera plaga de la época. Poniendo en juego sus dotes de persuasión, Vicente logro recabar los fondos necesarios para establecer una casa-cuna, donde se recogían los niños que aparecía abandonados en la calles de París: “Casi tantos como días tiene el años”. Fue una institución modelo, animada por una mística que Vicente inspiraba a sus hijas: “Cuidando a estos niños, les decía, os pareceréis, en cierto modo, a las Santísima Virgen, ya que seréis madres y vírgenes a la vez”.

Otro sector social, los condenados a galeras. Vicente tenía experiencia de la miseria que sufrían porque desde 1619 ostentaba el título de capellán real de las Galeras de Francia. “Yo he visto a esos pobres hombres tratados como bestias”. Para tratarlos como personas envió a las Hijas de la Cridad a servirles en la prisión de París, donde se hacinaban en espera de ser transadlos a los puntos de embarque, y a los misioneros a predicar misiones sobre las mismas naves. Además, en Marsella, fundó para ellos un hospital donde pudieran ser atendidos en sus enfermedades.

La plaga de la mendicidad recibió una especial atención de Vicente: “Los pobres son mi peso y mi dolor”, decía ante la multitud de mendigos que pululaban por las calles de París. Sin dejar de planear remedios más radicales, ejercitó ante todo la limosna. San Lázaro se convirtió en un espléndido centro de beneficencia. A sus puertas se repartía diariamente comida a todos los que acudían. La casa llego a endeudarse considerablemente. Pero todavía ideó otro medio de atenderlos, creando un pequeño asilo para trabajadores impedidos o ancianos. Las Hijas de la caridad se encargaban de la atención material y los misioneros de la dirección espiritual. En cambio, se negó a tomar parte en la empresa del hospital general, es decir, del gran encerramiento de los pobres, como se la denominó, si bien consintió en que se hiciera cargo de la capellanía un sacerdote de las conferencias de eclesiásticos. No creía en las medidas coercitivas: “La coacción puede ser un obstáculo a la obra de Dios”.

  • LA PALABRA, EL EJEMPLO, LA REFORMA

Creía en cambio en la fuerza de la palabra y en la elocuencia de los hechos. La guerra o, mejor, las guerras forman parte del horizonte en que se desarrolló la vida entera de Vicente: guerras internacionales como la de los Treinta los, que duró desde 1618, y la guerra franco-española, que prolongó aquélla hasta 1659; y guerras civiles, como la de la Fronda. Vicente se implicó en todas ellas de la única manera que podía hacerlo: intentando paliar sus efectos mediante la caridad. Envió a las Hijas de la caridad a curar heridos. Envió sus misioneros a predicar misiones en el ejércitos, a repartir recursos-dinero, semillas herramientas-en las regiones devastadas, especialmente Lorena, Picardía y la isla de Francia, a enterrar a los muertos, recibió en San Lázaro y otros centros a desplazados por las contiendas. Fundó una asociación de caballeros para asistir a los emigrantes nobles.

Todo ellos fue haciendo de Vicente una figura de relieve nacional. En 1643, la reina Ana de Austria le llamó para que asistiera en la agonía a su esposo Luis XIII y, a la muerte de éste, nombró a Vicente miembro del Consejo de conciencia, el organismo encargado de los asuntos eclesiásticos. Humanamente, Vicente alcanzó en ese cargo la plenitud de su carrera. La alcanzó también en su vocación de reformador de la Iglesia. Durante diez años, Vicente desplegó en él una actividad multiforme e incansable, encaminada a elevar el nivel espiritual de los nuevos obispos y abades, a favorecer la reforma de las órdenes religiosas, a reprimir la blasfemia, a condenar los duelos. Intentó también interponer su influencia para acabar con la Fronda, empresa en la que no le acompañó el éxito.

En cambio, sí lo alcanzó plenamente en el empeño de combatir el jansenismo, una insidiosa herejía surgida al calor de los afanes reformadores y, precisamente, patrocinada por un antiguo amigo y compañero de Vicente, Juan Duvergier d´Hauranne, abad de Saint-Cyran. El jansenismo, así llamado por su iniciador, el sacerdote y obispo flamenco Cornelio Jansens o Jansenio, defendía una nueva teoría sobre las relaciones entre la naturaleza y la gracia bastante próxima a las tesis calvinistas y tenía como consecuencia un extremado rigorismo moral y desmesuradas exigencias para la recepción de la absolución y la comunión. Vicente comprendió la enorme amenaza que le jansenismo representaba para los pobres a quienes él se esforzaba en evangelizar. Por eso no dudó en combatirlo con todas las armas a su alcance. Desde su influyente puesto en la Corte, logró reunir las firmas de la mayoría de los obispos franceses para pedir al papa que condenara la herejía. Alejandro VII lo hizo el 9 de junio de 1653.

  1. TESTAMENTO Y DESPEDIDAS

En 1653, a los setenta y tres años de edad, Vicente había coronado felizmente sus principales empresas. Se adentraba en una ancianidad penosas, en lo fisiológico se multiplicaron y agravaron las varias dolencias que padecía, pero enérgica y vigorosa en lo espiritual. Le quedaban aún bastantes cabos por atar. A ello consagró resueltamente los últimos años de su vida. Cesado en el Consejo de conciencia, pudo dedicar más tiempo al régimen de sus congregaciones. Consiguió para la de la Misión que pudiera emitir votos perpetuos sin dejar por ellos de ser secular. Y consiguió por fin en imprimir las reglas de la misma, librito en que condensa su espiritualidad. Una espiritualidad eminentemente cristocéntrica, basada en la visión de Cristo como evangelizar de los pobres y como pobre él mismo en obediencia al Padre y en la visión del pobre como imagen de Cristo: cuando veáis a los pobres, aconsejaba, “dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ellos los que nos representan al Hijo de Dios”. Las conferencias familiares, que entre 1658 y 1660 dedicó a explicar esas reglas y las de las Hijas de la Caridad, constituyeron su verdadero testimonio espiritual.

En 1660 se agravaron sus enfermedades. No podía ya salir de su habitación de San Lázaro, aunque hasta el último momento siguió gobernando desde su sillón de inválido. Expiro el 27 de septiembre, a las cinco menos cuarto de la mañana, sentado junto al fuego y rodeado de todos los suyos y bendiciendo una por una todas las obras que había puesto en marcha. Su última jaculatoria fue la invocación: “Dios mío, ven en mi auxilio”, y su última palabra, el nombre de Jesús. Un testigo ocular dice que “permaneció bello y más majestuoso que nunca”. Fue beatificado el 21 de agosto de 1729 y canonizado el 16 de junio de 1737.

José María Román, C.M.

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