JUAN GABRIEL PERBOYRE

A lo largo de la historia de la Iglesia no han faltado las persecuciones y por consiguiente los mártires de la fe. La Iglesia no canoniza a todas esas personas, pero sí a algunos para nuestro bien, para presentarlos como auténticos modelos. En la Constitución Apostólica “Perfecto Magisterio” leemos: “Fijaos bien en este hombre, meditad en la vida de esta mujer, aprended de ellos lo que significa hoy ser santo.” La vida de Juan Gabriel hoy nos habla de fidelidad y de valentía para acepar lo que el Señor quiere de nosotros.
Juan Gabriel nació en Montgesty Francia el 6 de enero de 1802 y fue bautizado al día siguiente. En la familia, una familia profundamente cristiana eran 8 hijos, cuatro varones y cuatro mujeres; dos de sus hermanos fueron también miembros de la Congregación de la Misión y dos de sus hermanas fueron Hijas de la Caridad.
A unos 80 kilómetros de donde vivía la familia, había un Seminario regentado por los Sacerdotes de la Misión y en él trabajaba el Padre Santiago Perboyre, tío de Juan Gabriel, era un tío apreciado por toda la familia por su virtud y sabiduría, enviaron allí a Juan Gabriel y se entregó al estudio con esmero, ganándose la confianza y el apreció tanto de profesores como de los alumnos. En 1817 los Seminaristas participaron en una misión en medio del pueblo campesino y eso marcó profundamente el alma de Juan Gabriel que afirmó después “Yo seré también un Misionero”.
En el otoño del año 1818, después de una fervorosa novena a San Francisco Javier, misionero en el Japón, para pedirle que lo iluminara sobre su vocación, Juan Gabriel pidió la admisión a la Congregación de la Misión e ingresó al Seminario interno; después de 2 años fue autorizado a hacer los votos, tenía entonces 19 años de edad. En 1821 llegó a París a la casa de San Lázaro para sus estudios eclesiásticos y se destacó en teología y en Sagrada Escritura. Fue ordenado Sacerdote el 23 de septiembre de 1826, justamente en el aniversario de la ordenación de San Vicente en 1660. La ordenación fue en la Capilla de la casa Madre de las Hijas de la Caridad y allí mismo celebró también su primera Misa.
Fue enviado primero como profesor y luego como Superior al Seminario de San Flur. En ese tiempo tuvo una prueba muy dolorosa, su hermano Luis, murió en alta mar, el 3 de mayo de 1831 cuando iba de misionero a Macao en China. Al conocer la noticia la reacción de Juan Gabriel fue inmediata: “Soy yo el que debe reemplazarlo.” Al año siguiente lo trasladaron a la Casa Madre como subdirector del Seminario y allí se destacó como un excelente formador, tenía 30 años. Acogía siempre a los seminaristas con bondad, pero sin caer en la debilidad, era exigente en lo tocante a la obediencia y al cumplimiento del deber, si tenía que llamar la atención lo hacía con firmeza, pero sin herir jamás a nadie, su gran deseo era que los Seminaristas tomaran a Jesús como su Maestro y modelo de su vida y de su misión.
Pero su deseo de Misiones crecía en él y en 1835 obtuvo de los Superiores el permiso para viajar como Misionero a China. Se embarcó el 2l de marzo y llegó a Macao el 25 de agosto, después de una larga travesía, porque todavía no se había abierto el canal de Suez que acortaba el trayecto, durante el viaje lo acompañó el recuerdo de su hermano Luis muerto en alta mar, pensando en ´su hermano escribió: “No sé lo que me está reservado en la carrera que se abre ante mí, sin duda muchas cruces, porque ese es el pan cotidiano del Misionero. Y ¿qué cosa mejor se puede esperar cuando se va a predicar a un Dios Crucificado? Consideraba el sufrimiento como un aspecto del amor Providente de Dios, en quien confiaba totalmente.
Las leyes de China prohibían la entrada de extranjeros y sobre todo de sacerdotes que iba a predicar el Evangelio, a pesar de esas leyes misionaban ya en China algunas Comunidades como los Franciscanos, los Jesuitas y los Agustinos, todos patrocinados por el gobierno francés .Macao a donde llegó Juan Gabriel era una puerta de entrada clandestina de todos los misioneros. Como dato curioso las Hijas de la Caridad fueron la primera Comunidad femenina en llegar a China en el año 1848, entre los primeros grupos de Misioneras hubo una hermana de Juan Gabriel y según la historia, se encontraba todavía allí cuando el Papa León XIII lo declaró Beato.
Juan Gabriel amaba a Dios tierna y amorosamente ; cuando viajó a China lo hizo en compañía de otro Misionero, al llegar a su misión no podía menos de pensar en el Beato Francisco Regis Clet su cohermano, que había sido martirizado en el año 1820 , era para él un estímulo y un modelo en su vida Misionera, recordaba su vida, sus virtudes y esa entrega generosa por Dios y por su Evangelio .En sus cartas habla con admiración del Beato Regis Clet.
Se entregó con celo y ardor a la propagación del Evangelio a pesar del ambiente hostil que se respiraba. Qué feliz me siento en tan hermosa vocación, decía. Las cartas que enviaba a su familia y a sus cohermanos estaban llenas de relatos emotivos de sus correrías y de la alegría que encontraba en su trabajo misionero; hablaba también de la necesidad de evangelización del pueblo chino y de las condiciones difíciles en las que se iba implantado el Evangelio. Amaba también profundamente su Congregación de la Misión, tenía hacia ella un gran sentido de pertenencia; en una de sus cartas dice “Daría mil vidas por nuestra Congregación”. Uno de los temas más frecuentes en sus cartas es la forma como Dios bendice la Congregación; en la calidad de los novicios ve una señal de los planes de Dios. Desea que muchos jóvenes lleguen a ser hijos de San Vicente.
Como amaba sinceramente al pueblo chino, desde su llegada llevó a cabo una verdadera inculturación, haciéndose chino con los chinos; empezó por adoptar el vestido de los chinos, se hizo rapar la cabeza dejando una larga trenza que cae sobre las espaldas, tal como la llevan todos los hombres, aprendió a comer con los dos palillos según la costumbre del país, aprendió la lengua y llegó a hablarla correctamente .Esa inculturación, la hizo no solo para ser uno de ellos, sino también por la necesidad de pasar inadvertido porque ya estaba decretada la pena de muerte para los extranjeros y sobre todo para quienes vinieran a implantarla fe católica.
Juan Gabriel no ignoraba los riesgos que corría en sus andanzas misioneras, y sin embargo iba de un lugar a otro haciendo el bien como Jesús, confiado plenamente en la Divina Providencia., seguro de encontrar siempre su protección. Como San Pablo podía repetir: ¿Quien me separará del amor de Cristo? La persecución, la muerte? Nada ni nadie me puede separar del amor de Cristo. En una de sus cartas dice:”Qué feliz me siento en tan admirable vocación.” En enero del año 1838 Juan Gabriel pasó de Macao a Hu-pei, una región montañosa y lejana, donde encontró una población cristiana muy buena pero en condiciones de una pobreza extrema; entonces puso a su disposición de los pobres lo poco que poseía, su pequeña habitación, su pobre comida, su tiempo etc. Aprovechó el tiempo para hacer catequesis, bautismos, primeras comuniones, matrimonios, visita a los enfermos, etc. Pero la persecución arreciaba por todas partes, en ningún lugar los sacerdotes estaban seguros, eran vigilados continuamente.
De HU-Pei, pasó a Ho-nam en 1836, allí continuó misionando, pero un poco más tarde fue traicionado por un catecúmeno .Estaba reunido con otros dos sacerdotes cuando un cristiano vino a decirles que los soldados los buscaban que era preciso que huyeran. Juan Gabriel se escondió en un bosque de bambú pero al día siguiente fue delatado por un catecúmeno que se dejó comprar por dinero, como Judas ; lo descubrieron y lo llevaron a la prisión, donde tuvo que afrontar largos y penosos interrogatorios., como también malos tratos, fue golpeado y torturado varias veces, con varillas en todo el cuerpo y sobre todo en la boca. Uno de sus amigos, el Padre Ing , disfrazado de comerciante, pudo ir a visitarlo y le llevó la comunión, Juan Gabriel aprovechó para confesarse.
Mientras estuvo en la cárcel aprovechó todo el tiempo para infundir valor a numerosos cristianos que compartían su cautiverio, fue para ellos un consuelo. Algunos cristianos se las arreglaban para hacerle llega algunos alimentos y medicinas que él generosamente compartía con los demás A finales de noviembre compareció ante el tribunal que lo declaró culpable de haber entrado ilegítimamente al país y de haber propagado la fe cristiana, por tanto era un peligro para la nación entonces fue condenado a muerte .
El 11 de septiembre de 1840 fue conducido a las afueras de la ciudad , lo colgaron de un poste con una cuerda alrededor del cuello , los soldados la tiraban para estrangularlo, con el primero y el segundo intento no lo lograron pero en la tercera vez lo hicieron con tal violencia que murió completamente asfixiado , cuando lo vieron que estaba expirando un soldado le dio una patada en el estómago y así terminó su vida . Un valiente catequista logró conquistarse a los soldados, para que le dejaran llevarse el cadáver y lo sepultó cristianamente cerca de donde reposaban los restos de Francisco Regis Clet, otro Misionero también martirizado en China.
El amor de Jesús que lo llevó a dar su vida por nosotros ha sido y es la fortaleza de los mártires, que siguen paso a paso su dolorosa pasión. Juan Gabriel, como Jesús, fue juzgado en un proceso que nos recuerda el de Cristo, fue condenado a muerte, fue traicionado por uno de los suyos, sufrió una dolorosa pasión y perdonó a sus enemigos. Como nuestros mártires, es en el Evangelio, en la oración y en la Eucaristía en donde tenemos que encontrar la fuerza necesaria para caminar en pos de Cristo y para ser fieles hasta el final, aún en medio de las pruebas, porque la cruz no puede faltar en quienes nos llamamos discípulas de Cristo.
Juan Gabriel Perboyre murió como el grano que se hunde en la tierra para dar frutos después de haber consumidos sus fuerza en la proclamación del Evangelio en medio de un pueblo pagano. Encomendémonos a él para qué nos obtenga del Señor firmeza en nuestra fe y valor para amar y servir aún en medio de las dificultades. Fue Beatificado el 10 de noviembre de 1889 y fue Canonizado en Roma, por el Papa Juan Pablo II el 2 de junio de 1996.

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